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Por qué diseñar sistemas de protección contra rayos desde la prevención

Hace algunos años, un gran evento tardaba meses —incluso años— en convertirse en una historia bien contada. Hoy no. Hoy los hechos se registran, se analizan y se convierten en relato casi en tiempo real. Hay cámaras en todas partes, trazas digitales, registros “minuto a minuto” y una industria capaz de producir análisis con una velocidad impresionante.

El caso del Louvre es un buen ejemplo de esto: un evento crítico documentado desde múltiples ángulos, reconstruido casi en tiempo real y convertido rápidamente en análisis, contenido y narrativa. Desde fuera, todo ese despliegue puede dar la sensación de control.

Desde la gestión del riesgo en infraestructuras técnicas y sistemas eléctricos, la realidad es otra.

Lo que vemos con frecuencia, especialmente en protección contra rayos, es que la rapidez para entender lo que ocurrió no evita que el evento ocurra. Tener información grabada —registros, mediciones, monitoreo— no es lo mismo que tener prevención operando en el momento crítico. En muchos sistemas, el diseño permite explicar muy bien el “después”, pero deja expuesto el “antes”.

En el caso del Louvre —como en muchas infraestructuras críticas— existían registros, auditorías previas y sistemas de monitoreo. Sin embargo, algo básico falló: ver a tiempo y responder a tiempo. No por ausencia de datos, sino por las limitaciones del sistema y del enfoque con el que fue concebido. La información estaba ahí, pero no estaba operando como prevención.

Este patrón se repite en distintos sectores y se manifiesta con especial claridad en infraestructuras eléctricas expuestas a descargas atmosféricas, donde la protección contra rayos suele diseñarse para reaccionar al evento más que para prevenirlo.

Durante años, en la protección contra rayos ha predominado una lógica reactiva: aceptar el impacto como inevitable y concentrarse en conducirlo, repararlo y volver a operar. Ese enfoque puede parecer suficiente cuando el riesgo se entiende solo como un evento físico puntual. El problema es que hoy el impacto de un rayo rara vez se limita a eso.

En instalaciones eléctricas actuales, los daños más relevantes desde el punto de vista económico suelen manifestarse como fallas inducidas, interrupciones operativas y afectación a equipos electrónicos, y representan la mayor parte de las pérdidas reportadas en eventos de origen eléctrico, según análisis del sector industrial y asegurador. Desde la experiencia en campo, y en línea con diversos estudios en ingeniería eléctrica, se observa que entre el 60 % y el 80 % de estos daños se originan en los llamados efectos inducidos: sobretensiones y corrientes transitorias que se generan en cables, tableros y equipos electrónicos cuando una descarga atmosférica ocurre en las cercanías —incluso sin impactar directamente la estructura— y que afectan sistemas que no estaban preparados para absorberlas o disiparlas adecuadamente, tal como se documenta en guías técnicas del IEEE y la IEC sobre protección contra rayos.

Este dato cambia por completo la conversación. Porque si el mayor riesgo no está en el punto donde cae el rayo, sino en cómo el sistema responde internamente, entonces la protección no puede limitarse a “recibir y conducir”.

Por esta razón, hablar de prevención no es una postura teórica, sino una decisión de diseño. En la protección contra rayos existen dos enfoques claramente distintos: uno que asume la descarga como inevitable y se limita a conducirla de forma segura cuando ocurre, y otro que busca reducir de manera significativa la probabilidad de que la descarga se forme. Los pararrayos desionizantes responden a este segundo enfoque, al intervenir sobre las condiciones eléctricas del entorno para disminuir la iniciación de la descarga, en lugar de actuar únicamente una vez el evento ya se ha producido.

La diferencia entre ambos enfoques no es conceptual, sino operativa. Es comparable a contar con un registro detallado de un evento frente a disponer de un sistema diseñado para impedirlo: en ambos casos hay información y análisis, pero solo en el segundo existe control real del riesgo antes de que se materialice.

Hoy, la rapidez con la que se analiza un evento puede ser impresionante. Internet y los medios convierten cualquier incidente en un relato “minuto a minuto” en cuestión de horas o días. Sin embargo, en riesgos críticos, la capacidad de explicar lo ocurrido después no sustituye la necesidad de haber incoporado la prevención antes.

En protección contra descargas atmosféricas ocurre lo mismo. Cuando un rayo impacta, ya es tarde para analizar mejor o reaccionar más rápido. La ventaja real está antes: en la ingeniería, en el diseño del sistema, en la correcta integración entre la protección contra rayos y la puesta a tierra, y en una estrategia pensada para que el evento no se dispare o, al menos, para que su probabilidad sea técnicamente inaceptable.

En sistemas de protección contra descargas atmosféricas, el criterio clave no es solo la respuesta al impacto, sino la capacidad del diseño para anticipar y reducir el riesgo.

La conclusión es clara: cuando una operación no puede permitirse una descarga, una falla eléctrica o un paro no programado, no basta con responder correctamente después del evento. La diferencia está en diseñar desde la prevención, integrando criterios de ingeniería que reduzcan de forma efectiva la probabilidad del riesgo.

En Ground Lightning, trabajamos precisamente desde ese enfoque: análisis técnico, diseño preventivo, integración entre protección contra rayos y puesta a tierra, y soluciones pensadas para la continuidad operativa. Si quieres evaluar si tu sistema actual está diseñado para conducir el rayo o para prevenir el evento, contáctanos.

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